22nd
Tregua.
Terminé de leer un libro sintiéndome más conmovida de lo normal. Sentía un nudo en la garganta y omitiendo el título de la obra para no arruinar un final, estaba devastada por la trágica y repentina muerte de uno de los personajes. Durante todo el viaje que fue el libro mismo, no había caído en cuenta que me estaba acostumbrando a las características tan mordaces y reales de estos personajes ficticios que se asemejaban a quizá no una realidad propia, sino cotidiana, observable, tan natural. Que el fulano se quejaba de la gente ruidosa en el autobús, que la muchacha joven era tachada de pisoteada. Qué terrible que lo sienta tan real.
Pero no fue la muerte del personaje en sí la que me dejó devastada. No. Si esto fuera así, lo mejor sería que me retirara de esto de la lectura y me dedicara a otro pasatiempo un poco menos sentimental y más frívolo, incluso más metódico y sin vaivenes emocionales, que de seguir así terminaría llorándole a la imaginación de muchos intelectuales. En mi casa triste, devastada y neurasténica. Sin embargo, fue la asimilación de la pronta desaparecida soledad del personaje principal la que me enganchó, sin prever el trágico final. Es decir, un personaje sin dicha ni desdicha, que se enamoró perdidamente a los 50, tirando por la borda décadas de amargura, esa misma con la que me pude haber identificado; a esa tentación a la apatía y la confortante rutina. Y así como viene el día en la madrugada y los recibos a fin de mes, llegó el amor para él y aunque sea un amor falso escrito en páginas añejas salido de una imaginación rimbombante, ese amor marcó un cambio en él, en aquél que jamás ha vivido. De ese tipo de cambios que uno desea que le sucedan, aunque uno no lo diga, incluso aunque uno lo niegue. De esos cambios que curan afliges, que cambian caras, que aluzan sombras. De esos cambios que al describirlos, me temo que sufro los estragos de sonar cursi y porrista de la fanfarronería. Ni modo, así es esto.
Lo devastador fue ver cómo se desaparecía todo al final. Ver el espíritu tirado y escupido de este pobre hombre, quien a esa edad uno muy difícilmente se levanta otra vez. Me arruinó tanto esta caída de ánimo porque este señor saboreó cada momento sabiendo que podía ser el último, así como cuando nosotros tomamos una foto, tomamos nota o solo un suspiro para engañar fallidamente al tiempo. O cuando paramos por un segundo a saber que la suerte esta vez sí está de nuestro lado y quizá mañana ya no. ¿Y si alguna vez mi espíritu muere como el de él? ¿Y si alguna vez se me arrebata lo que tanto disfruté para no perder? ¿Y si, así como él, ya jamás me levanto?
¿Y si me muero de angustia?
No sé.

